La revolución india que sienta en la misma mesa al rey y al mendigo
“¡Bienvenidos!”. Esta simple palabra dice mucho de esta religión, donde todas las personas con independencia de sus creencias, orígenes o posición social son invitadas a formar parte de su comunidad.
Palabras, miradas cómplices y pequeños gestos nos invitan a entrar y a compartir su morada nada más cruzar el umbral. Y por eso allí, entre el olor a especias y las conversaciones espontáneas, uno tiene la inusual sensación de sentirse en un lugar extraño y al mismo tiempo en casa.
Desde mediodía, hombres y mujeres se afanan en limpiar y cocinar para tener la comida lista para la comunidad que acude cada fin de semana al único gurudwara de Madrid, un centro que ejerce a su vez como comedor social, donde se atiende a todo aquel que lo necesite, independientemente de que siga o no su religión. Y es que “la igualdad es lo primero”, afirma Gupreet Singh, actual babayí de los Sij en la capital, figura que ejerce de maestro de ceremonias. Por eso hoy, como suele ser habitual, sijs y no sijs comparten este espacio símbolo de solidaridad y respeto.
Ante este recibimiento, resulta inevitable preguntarse cómo una religión con este punto de partida ha podido nacer precisamente en la India, uno de los países que más ha alimentado el sistema de castas y la discriminación. Pero su fundador Gurú Nanak (1469-1539), tenía claro que, ante el enfrentamiento permanente que vivía el hinduismo y el islam en la zona, había que crear una religión que estuviera por encima de las diferencias, que sirviera para unir a los seres humanos.
En España hay más
de 10.000 seguidores
del sijismo
Así fue como la región del Punjab, entre India y Pakistán, vio florecer esta doctrina, que a día de hoy se estima que siguen alrededor de 27 millones de personas en todo el mundo, siendo la 9º religión en número de fieles. Una religión que también está presente en España donde “cuenta con más de 10.000 fieles, a pesar de que la comunidad que vive en Madrid es muy pequeña, tan sólo alrededor de 300 personas”, afirma Gupreet, entre las que se encuentran 10 occidentales. Sin embargo, Barcelona o Valencia, las zonas de mayor concentración, tienen varios gurudwaras abiertos, a pesar de que sigue siendo una religión desconocida para la inmensa mayoría de sus vecinos.
Perpetuando las enseñanzas de los gurús
Desde la planta de arriba comienzan a oírse las primeras notas de un raag, composición con la que se pone música a los poemas sagrados. La ceremonia está a punto de empezar. Nos hablan entonces de los 10 gurús, los maestros que durante tres siglos fijaron las enseñanzas a perpetuar por el sijismo, más tarde agrupadas en el Gurú-grant-sajib, su libro sagrado, nombrado úndecimo y definitivo gurú a perpetuidad. En él se recogen las enseñanzas no sólo de gurús sij, sino también de otros sabios hinduistas, musulmanes y sufís. Un libro al que se cuida con devoción, abanicándole o incluso cubriéndole cuando hace frío, y se venera en las ceremonias, desprovistas de cualquier representación humana.
Partiendo de la creencia de un único Dios, y de la importancia de hacer el bien como único mecanismo para fundirse con él, los gurús fueron poco a poco construyendo los cimientos de esta igualitaria religión poniendo el foco en la importancia de nuestras acciones para obtener la salvación, frenando así el ciclo de reencarnaciones continuas mediante la virtud. Un camino que, según los sij, sólo es alcanzable si nos despojamos de lo que apuntan como los 5 grandes males: egocentrimismo, lujuria, rabia, ira y avaricia.
Mientras Grupeet se prepara para la ceremonia, hombres y mujeres se van sentando por separado a uno y otro lado de la sala. Entre los rostros sobresale una de las pocas occidentales, la chilena Hari Kaur, nombre que adquirió tras convertirse al sijismo (los hombres se apellidan todos “Singh”, las mujeres todas “Kaur” para fomentar esa buscada igualdad). Una mujer que afirma que lo que más le gustó de esta religión es precisamente lo que se entiende como conexión con Dios. “Otras religiones tienen el concepto de Dios como algo externo a ti, pero el sijismo parte de la base de que la creadora o creador, porque no tiene sexo, no está separado de lo creado, está en cada célula de ti”, comenta, siendo cada uno responsable de alcanzar su propia plenitud a través de sus buenas acciones, dejando al margen las peregrinaciones o grandes rituales y centrándose en los actos de cada día.
El resto de la ceremonia continúa con los cánticos de los llamados mantras o poemas del libro sagrado, una experiencia “que realmente produce un cambio dentro de ti y te permite tener una conexión directa no intelectual con lo que es Dios”. Una sucesión de composiciones tocadas y cantadas en el templo que, independientemente de su mensaje espiritual, abruman por su belleza.
"Somos sij, no somos ni hindúes ni musulmanes"
Uno de los problemas a los que se ha tenido que enfrentar la comunidad sij en Europa, sobre todo a raíz de los atentados del 11S, es precisamente la identificación errónea que hacen de ellos gran parte de la población. “Debido a la barba y al turbante algunas personas nos confunden con musulmanes”, comenta Gupreet Singh, incluso con extremistas islámicos, simplemente por desconocimiento, lo que ha ocasionado incidentes desagradables hacia esta comunidad en la última década.
Vestirlo no es una imposición religiosa, sino una elección, aunque sí es una de las características más representativas de la religión. De hecho, precisamente el turbante fue propuesto por Gurú Nanak para igualar a todos los fieles entre sí, ya que hasta hasta entonces tan sólo podían vestirlo las clases más altas. Eso sí, a día de hoy es también una pieza que puede condicionar la integración en sociedad “por eso algunos sij que les cuesta todavía explicarse bien en español prefieren no seguir esta tradición para evitar problemas”, comenta Harender Singh Dhanoya, estudiante de ingeniería de software.
Los más tradicionales, a parte del turbante llevan siempre encima las cinco K, o artículos de fe, que mantienen los fieles más practicantes. Éstas son: Kesh, pelo largo sin cortar; Khanga, un pequeño peine de madera para recogerse el pelo; Kara, un brazalete metálico; Kashera, ropa interior de algodón y Kirpán, pequeña daga símbolo de poder y libertad de espíritu.
Sin embargo, y tal como pasa en el resto de las religiones, los más jóvenes suelen alejarse de las convenciones tradiciones más estrictas. “Yo no llevo pañuelo fuera de aquí”, me comenta Kiran Kaur Boj, estudiante de agrícolas, al igual que tampoco lo hace Harender, ni muchos de los jóvenes de su generación que viven en Occidente. Sin embargo, se sienten orgullosos de pertenecer a esta religión, a esta comunidad. “Somos sij, no somos ni hindúes ni musulmanes”. Y así, con esta frase introductoria, intentan enseñar a sus amigos más curiosos en qué consiste el sijismo, más que una religión... una forma de vida.